Mi padre tenía un disco de poemas de Lorca, recitados por la voz impostada y solemne de un actor. Era un disco de versos, no de música, y lo poníamos sobre el plato del gramófono. Mientras lo escuchaba a su lado, leía también el texto. Entonces me daba cuenta de manera confusa de un contraste entre las palabras escritas y las recitadas. El intérprete busca el efecto dramático, el timbre fascinante. Por el contrario, la poesía de Lorca salía de un desangramiento, latía de una herida abierta. También en la historia amorosa de 'la casa infiel' me sentía fascinado por una maravilla. 'Se apagaron los faroles
Y se encendieron los grillos' La escritura era más potente que la voz. Este fue mi primer descubrimiento sobre la energía de las palabras. Apagado el gramófono, releía los versos. Sonaban como latidos cardíacos, caminaban con pasos de sandalias nuevas, crujían y olían a piel. Mi primer contacto con la poesía fue entre paredes de toba, entre los restos de la erupción, en italiano y con el texto español enfrente. Desde entonces, para mí la poesía debe estar en dos lenguas, tener bajo el brazo la página de la lengua original y la de la traducción. Desde entonces, la poesía tiene la voz que se forma por sí sola en el cráneo de quien la lee. Lorca está para mí en una habitación repleta de libros, en un bajo de un callejón de Nápoles, en los años 50 del siglo pasado. Desde la ventana larga y estrecha, con sus cristales mal pegados, entraba poca luz a pleno día. El cielo y el aire sobre nosotros estaban repletos de sábanas tendidas. Lorca en Nápoles no se asomaba sobre el semicírculo de un golfo, sino sobre una penumbra. El siglo XX ha sido el siglo de las líneas breves. Su pie de página, hecho de guerra, emigraciones, de cárceles y de exilios, ofrecía poco espacio a las notas en el margen, al sufragio. La poesía ha llenado el borde dejado por la extensión de una Historia Mayor, que recortaba a ciegas la historia menor de las vidas sencillas. 'Cuando se tala el bosque, vuelan las astillas', dice un proverbio ruso. Así ha sido el siglo XX, la tala de un bosque y las sencillas existencias han sido sus restos. Soy, por todo ello, lector de poesía de mi siglo XX, sellado por los versos de Osip Emilevic Mandelstam: 'Mi edad, mi fiera, ¿quién podrá
mirarte dentro de los ojos
y soldar con su sangre
las vértebras de dos siglos?' Mis versos, traducidos a la lengua de Lorca, me devuelven a una habitación de Nápoles donde un niño silencioso aprendía a silabear los versos de un poeta español. Debo a mi padre aquella iniciación en la admiración. Le debo el descubrimiento de aquello que pueden alcanzar las palabras de un vocabulario. Me despido de esta página de agradecimiento a la poesía con versos que resumen para mí la labor de la literatura. 'Yo no vengo a resolver nada
yo vine aquí para cantar
y para que cantes conmigo.' (Pablo Neruda, Canto General)

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