Para quienes nos entregamos a "ese vicio impune, la lectura", del que hablaba Larbaud, el final es previsible. Terminamos agradeciendo ante todo una prosa inteligente. De la agudeza sabrosa de aún me regresan destellos, siempre reveladores y nuevos. No es un libro frecuente en las letras castellanas: hay algo en él de vieja y decantada sabiduría, expresada con una búdica sonrisa. Sus páginas están recorridas por añoranzas de la niñez que nos permitirán envejecer son resignada saudade. Debo confesar que, cada vez que encuentro un libro como éste, envidio al lector al que le espera un placer que no se sospecha. Sé que volveré muchas veces a estas páginas densas y ágiles a la vez, que el libro estará siempre en mi valija de viajero impenitente y que mi primer asombro se tornará intacto cada vez que lo abra al azar. El lector entenderá muy pronto de lo que estoy hablando.  

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